domingo, octubre 08, 2006

El dolor más fuerte

Cada 24 horas, un chico desaparece en la Argentina. Desde que la organización Missing Children inició su trabajo, hace cinco años, recibió 1800 denuncias. Crisis de identidad y conflictos familiares explican el 75% de los episodios. En esta nota, dos historias de separación y búsqueda.

Los hermanos Diego y Anabella Fedele, de 8 y 11 años, fueron sustraídos por su madre y estuvieron casi dos años sin saber nada de su padre. Silvio Daniel Bina, de 14, está desaparecido desde el 28 de marzo último. Las que siguen son sus historias.

Una noche de sábado, en un boliche de Quilmes, Leonardo conoció a la chica que iba a ser su novia, después su pareja y un poco más tarde su mujer. Era 1990. Y los dos muy jóvenes: 18 años él, 16 ella. Corrían vientos de sueños bajo un cielo tranquilo, y los proyectos, pensados de a dos como si el futuro fuera tan cierto como seguro, iban y venían.

El nacimiento de Anabella, en 1994, disparó la idea de casamiento. Lo concretaron a fines de 1995. El hogar empezó a tomar forma en un departamento de dos ambientes en el centro de Quilmes. Dos años más tarde llegó Diego. Leonardo Pablo Fedele, que se desempeñaba en una metalúrgica de la zona como mecánico de mantenimiento, no tenía más preocupación que la enfermedad de su hijo (cuando nació, los médicos diagnosticaron hemiparesia, disminución de la fuerza muscular de una mitad del cuerpo; en su caso, la derecha). Su mujer no trabajaba. No hacía falta. La casa y los hijos eran su obsesión.

Hasta abril de 1999, los Fedele eran una familia más. Su historia era como la de tantas, que el tiempo construye entre alegrías, tristezas y sobresaltos. La enfermedad de Diego había unido aún más al matrimonio. No eran los Ingalls, como aclara ahora Leonardo, pero todo estaba bien.

Hasta que todo estuvo mal. Un día discutieron fuerte. Bastó ese día. No había habido una discusión antes de ese día, ni el día anterior, ni la semana anterior, ni el mes anterior. Pero algo pasó ese día. Algo que ahora Leonardo no quiere explicar. Me voy de casa, le dijo a su mujer. Y se fue a vivir con sus padres, a la casa donde ahora vive con sus hijos.

La familia estalló como un volcán. La erupción arrastró a Diego y a Anabella a un mundo incierto; a la madre, a un cambio de vida jamás imaginado por nadie y al padre, a un juzgado de familia de Quilmes, porque nunca más, ni él ni ella, iban a cruzar palabra para tratar de recomponer nada. Ella se quedó con los chicos; él accedió a un régimen de visitas. Así lo habían acordado.

Siete meses después de la separación, su ex esposa se fue a vivir con un hombre quince años mayor, artesano, también separado. Las dificultades para Leonardo no tardarían en llegar. Con la plata de la venta del departamento en el que había vivido de casada (estaba a su nombre), ella le propuso a su nueva pareja comprar un viejo colectivo para convertirlo en una mala copia de motorhome y salir por ahí a vender aritos, collares y pulseras.

Me voy tres meses a la costa con los chicos, le dijo un día a su ex esposo. Leonardo aceptó. Era diciembre de 1999. Pasó el tiempo. Se acercaba el final de la temporada y Leonardo esperaba por sus hijos. Terminó marzo, y nada. El mismo silencio durante abril, mayo y junio, hasta que en julio recibió una llamada de Anabella. "Me dijo que estaban viviendo en Córdoba, todos en el colectivo. Entonces decido viajar a Córdoba y cuando llego veo cómo estaban viviendo en el micro. Ahí me entero de que Diego estaba sin tratamiento médico y que Anabella iba a la escuela cada tanto."

Tenerlos lejos

El 3 de enero de 2001, el juez falla en favor de Leonardo otorgándole la tenencia provisoria de sus hijos. A mediados de 2003, la madre pide un régimen de visitas. "Y empiezan otra vez los problemas. No cumple con los horarios, discute, se corta el régimen de visita. Pide otro más amplio -le dan dos veces por semana, en casa-, pero el juzgado exige otro domicilio. Ella ofrece el de su madre. Se hacen tres visitas, y surgen más problemas. Se suspende el régimen de visita, se pide otro y entonces se acuerda que los encuentros se harían en el patio de comidas de un shopping de Quilmes. Yo les dejaba los chicos y me iba a esperar a la otra punta del patio."

La madre vuelve a incumplir. El juez le advierte que se tomarán medidas; no obstante, le otorga más amplitud. "Le concede dos visitas semanales en mi casa, y un fin de semana en su casa de Virreyes, donde se había mudado con su pareja." Fue el inicio de la desaparición de Anabella y Diego. Una desaparición que duró 21 meses y 13 días. Sustracción parental, según la definición legal.

"Este nuevo régimen duró tres meses, hasta que un día voy a buscarlos y ella me los niega. Hago la denuncia en la comisaría. Después voy al juzgado y ahí se libra una orden de allanamiento. Vamos todos a la casa de ella, pero ya no estaban. Era el 30 de julio de 2003."

Leonardo no supo nada durante 21 meses y 13 días. Publicó fotos en diarios y revistas e hizo que pasaran imágenes por televisión. Fue a la Gendarmería Nacional, a la Cancillería, a la Policía Federal y a la bonaerense. Cuando se acercó a Missing Children, la campaña se extendió a casi todo el país. Leonardo empezó con 200 fotocopias, hasta que una tía de su ex mujer le propuso ir a una imprenta y empezar con 5000 copias. Leonardo repartió más de 30.000. "Las dejaba en los parabrisas de los autos, en los negocios, en las casas; por todas partes..."

Y la vida continuaba.

"Yo no podía dejar de trabajar, así que repartía las fotos durante los fines de semana, y de las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche los días hábiles. En mi trabajo, en la Metalúrgica JMD, donde se fabrica viruta de acero, me ayudaron muchísimo. El dueño tuvo la buena idea de pegar las fotos en las cajas que iban al interior del país. Hasta que un día me llaman del juzgado de San Isidro y me dicen que habían encontrado a los chicos en Maquinista Savio, Escobar. Fue al mediodía del 13 de abril pasado. A las 4 de la tarde me avisan que los chicos ya estaban en el juzgado. Habían estado viviendo muy precariamente. La nena había dejado de ir a la escuela... dejó cuarto grado por la mitad. Y Diego no continuó con la rehabilitación; eso lo retrasó muchísimo porque volvió a casa gateando."

Cuando la policía los encuentra, Diego y Anabella estaban solos. Su madre había salido a vender artesanías por la calle. "Ella todavía no pidió otro régimen de visitas. Legalmente se llama secuestro parental, pero no se le puede prohibir el régimen de visitas a menos que ella sea peligrosa para los chicos."

Leonardo cuenta que en el momento en que la policía los encontró, sus hijos estaban como apichonados en un rincón del colectivo. En el juzgado los asearon, les dieron de comer y los abrigaron. "Hay un momento que no voy a olvidar mientras viva, y es cuando Anabella me ve, después de tanto tiempo... Se puso a llorar... Me abrazó muy fuerte y me preguntó: «Papá, ¿qué pasó?, ¿qué está pasando...? ¿por qué mamá nos dijo que vos no la ibas a dejar que nos viera?» Pero yo siempre les conté la verdad a los chicos; nunca les mentí, nunca les prohibí ver a la madre porque ellos también la quieren. Y la necesitan."

Anabella volvió al colegio. Sus calificaciones no bajan de 8. Diego retomó la rehabilitación y empezó el jardín de infantes. Dejó de gatear, camina, y hasta puede subir y bajar por las escaleras. Leonardo continúa en la metalúrgica. Su ex esposa no habla con sus hijos desde abril último.

Y la vida sigue.

Un chico asustado

La vida sigue también para la familia Bina en el humilde barrio Villa Unión, en Ezeiza. Calles de tierra, casitas de ladrillo a medio terminar, pisos de cemento, ventanas sin cortinas y braseros en lugar de estufas.

Para Ana María, ama de casa, y Pedro Bina, empleado municipal, misioneros, y para Liliana, de 6 años; Marianela, de 10, y Sergio, de 12, sus hijos, la vida sigue por el solo hecho de que el tiempo no se detiene. De poder retroceder y modificar las cosas, llegarían hasta el 28 de marzo pasado, cuando hacia el anochecer la familia se partió en dos como un tajo. Silvio Daniel, de 14 años, el mayor de los hermanos, el hijo nacido del primer matrimonio de Ana María, se fue corriendo entre gritos amenazantes de una mujer, la intriga de los vecinos y la desesperación de los Bina.

"Era un lunes, más o menos a las 9 de la noche, cuando Silvio desapareció -recuerda Ana María-. Yo venía de la feria, y en ese momento me dice: «Mami, Carmen me dijo si podía quedarme a cuidar a los chicos...». Yo le dije que sí, pero apareció esta mujer y empezó a los gritos... gritaba que Silvio le había tocado a la hija, una nenita de dos años... que lo iba a matar... Yo me asusté. Yo pensé que a Silvio se le había caído la nena, pero no que lo iba a acusar de toquetear a la criatura. Entonces mi marido la llevó a la salita para que la revisaran y la doctora dijo que no tenía nada. Para eso, Silvio estaba detrás de un arbusto, y cuando lo vi empezó a correr. Dobló en la esquina, como yendo para la estación, y no lo vimos más. Estaba muy asustado. Después los vecinos me contaron que esta mujer le había pegado. A nosotros nos dejó muchas dudas todo esto, porque hacía más de un año que Silvio le cuidaba los chicos y nunca había pasado nada. Después que llegaron los policías, porque habíamos denunciado su desaparición, la mujer negó todo lo que había dicho de él."

El lunes 4 de abril, Pedro emprende su propio vía crucis. Distribuye fotos de Silvio en las estaciones y alrededores de Ezeiza, Temperley y Constitución. Se contacta con Missing Children. El martes 5, un guardabarreras lo llama por teléfono y le cuenta que vio a Silvio en el tren forcejeando con una persona mayor, en Cañuelas. "El miércoles voy para Cañuelas, y en la comisaría le pregunto al oficial de guardia si el nene estaba ahí. Me dice que no. Pero es un hecho comprobado que Silvio y la persona que está con él fueron demorados en la comisaría de Cañuelas. Al mediodía del 4 de abril lo detuvieron a este señor en Cañuelas y lo dejaron ir. Según nos explicaron allá, dijo que era el tío de Silvio, pero no mostró ningún documento. Y lo dejaron ir."

Ana María y Pedro siguen, por su cuenta y con sus propios recursos, pistas que se van sumando. Pedro pide ayuda al sindicato de municipales de Ezeiza. Alguien se contacta con la sede sindical de Cañuelas y se descubre que el hombre que está con Silvio es hermano de un empleado de la municipalidad de Cañuelas. Por fin, hay un nombre y un apellido: "Tenemos fotos del tipo -dice Pedro-. Sabemos su nombre. En Cañuelas me encuentro con un hombre que resultó ser hermano de este tipo, que se llama Víctor Raúl Chapeleti. Ese es el nombre que me dieron en la comisaría de Cañuelas y que figura en el expediente."

Víctor Raúl Chapeleti es un ciruja de la zona, de unos 50 años, flaco, pelado y narigón. Anda en una bicicleta que arrastra un carrito donde lleva sus cosas. "Su hermano -cuenta Ana María- dice que hace como dos años que no lo ve y que hasta su propia madre le tiene miedo. Nos contaron que es muy vivo para mantenerse, que sabe dónde pedir comida, que se roba las monedas, los cigarrillos y las botellas con agua que la gente le deja al Gauchito Gil, y que casi siempre se lo ve acompañado por algún chico. Aparentemente lo vio a Silvio en Constitución, y lo enganchó."

Según sus padres, Silvio no huyó del lugar por el hecho del que fue acusado en un primer momento por aquella mujer, sino por razones que ellos pidieron no divulgar. "Que está asustado, seguro -dicen-. Sólo él sabe qué pasó esa noche. Es como que Silvio vio algo que no tenía que ver. Nosotros somos muy estrictos con los hijos, sobre todo si consideramos el lugar en donde vivimos. Si no somos estrictos, pueden terminar drogándose en cualquier esquina. Y por eso, cuando aparezca Silvio, nos tendremos que ir del barrio."

Los cuatro hermanos comparten la misma pieza, pegada al comedor. Hay cuatro camas, y la primera que se ve cuando se abre la puerta está vacía desde el lunes 28 de marzo. Allí estudian y también se divierten jugando al tutti frutti y al ahorcado. No hay noche en que Liliana, la menor, no llore su ausencia.

El día de su desaparición, Silvio llevaba una campera celeste, una camiseta del club La Unión, un pantalón de jean verde y zapatillas Jaguar. Como dice su mamá, "nada más llevaba la ropa al cuerpo".

Silvio y quien está con él fueron vistos en San Miguel del Monte y en Cañuelas. Se cree que pueden estar en la ciudad de 9 de Julio.

Pedro Bina, sostén de la familia, gana como empleado municipal 600 pesos por mes. Ya lleva gastados 5000 pesos en la búsqueda de su hijo y casi no le queda nada: "Lo único que nos queda por vender -dice- es el calefón".

Para comunicarse con Missing Children: (011) 4797-9006; desde el exterior: (0054) 11 4797-8900; www.missingchildren.org.ar / Registro Nacional de Menores Extraviados: 0800-122-2442

Datos
Un drama que crece y preocupa
En los últimos cinco años, 28 niños perdidos fueron hallados muertos.

Hay 29 chicos que llevan más de tres años desaparecidos.

El 61% de los desaparecidos son chicas. El 9% tiene menos de 6 años.

Crisis de identidad, conflictos familiares, discapacidad mental, sustracción parental y perdidos son, en ese orden, las causas de las desapariciones.



La lucha que no cesa

Hay 1800 casos denunciados de chicos desaparecidos desde que Missing Children-Chicos Perdidos de Argentina inició su actividad, hace poco más de cinco años. Y son 205 en lo que va del año. Doscientos cinco rostros que ocupan un mínimo espacio en los diarios, en los envases de algunas marcas de alimentos, en las facturas de servicios, en sitios de Internet, en alguna recorrida por los estadios de fútbol organizada por Red Solidaria. Susan Murray, presidenta de Missing Children Argentina, aporta datos que confirman el riesgo que se cierne sobre los chicos. Apunta que hasta hace unos años el tiempo de desaparición de un niño iba de tres a cuatro días; hoy es de una semana o más.

Con Murray trabajan también Lidia Grichener, vicepresidenta de la organización; Marta Canillas (de Madres del Dolor) y Adriana Sellan. El equipo se completa con 14 voluntarias repartidas en las sedes de Bahía Blanca, Mar del Plata y Bariloche, dos voluntarias telefónicas en Buenos Aires y voluntarios de la Red Solidaria.

-¿Qué relación queda entre ustedes y las familias que recuperaron a sus hijos?

Marta: -Una vez que se termina el caso y el chico aparece, también terminamos nosotros. Es una forma de poder continuar con el caso que sigue. Si no, sería imposible.

-¿Hasta dónde el Estado cumple el rol que le corresponde en este tema?

Lidia: -El Estado creó el Registro Nacional de Menores Perdidos, que es algo muy bueno. Pero debería funcionar a pleno, porque todavía no se implementó un mecanismo que cruce la información entre los distintos juzgados. Teníamos una nena cuya foto estaba siendo publicada a pedido de un juzgado. La buscaba parte de la familia. Durante un año no recibimos ninguna llamada. Hasta que llama una persona que nos dice que esa nena y su mamá están siendo protegidas con identidad cambiada porque el padre es violento, y cuando se enteró del lugar en el que estaban casi mata a la madre. Tuvieron que mudarla otra vez y está siendo protegida por la Justicia. ¿Un juez nos pide que ayudemos a buscarla y otro juez la está protegiendo? Tiene que haber una única base de datos.

-¿Discrepan los jueces a la hora de determinar si existe delito o no?

Marta: -Hay un caso de una mujer que estuvo diez años sin su hija, hasta que un día apareció por la escuela y se la llevó. Para el juez no es delito, porque dice que la nena está con la mamá. Pero, ¿qué pasó con esa madre que estuvo diez años sin ver a su hija? Si uno de los padres no sabe dónde está el hijo, hay delito, porque es una sustracción. Son chicos que viven con mentiras, porque la mayoría de las veces se les dice "tu mamá no te quiere" o "tu papá te abandonó" o "tu mamá está muerta".

Pedro Palomar

1 comentario:

Miguel A. Gallardo en http://www.cita.es dijo...

Recomiendo leer
http://www.cita.es/desaparecidos
y con más detalle heurístico
http://www.cita.es/buscar